lunes, 26 de diciembre de 2011

Ignacio el egoísta.

Quizá esto os parezca increíble: ¡Ignacio el conejo no tenía ningún amigo! Sin embargo, es fácil de entender, ay que el nunca había querido compartir nada. Cuando encontraba legumbres en los huertos, se las guardaba. Así que todos le llamaban << Ignacio el egoísta >>.
Llegó la Navidad. Por primera vez en su vida, Ignacio el conejo empezó a reflexionar. Sentía que se hacía viejo. Su mostacho había encanecido y la semana anterior había perdido un diente delantero:
- Ahora me doy cuenta de que me he pasado el tiempo reuniendo alimentos en mi granero- se decía- ¡Ah, si hubiera hecho buenos amigos! Pero no, ¡Estaba demasiado ocupado pensando en mí mismo!
Ignacio el Conejo dio algunos pasos afuera. Encorvado sobre su bastón, lloraba tiernamente.
¡Frrt, frrt! Un pequeño ratón de campo, abrigado hasta las orejas, pasó dando saltos.
-¡Oh! ¡ No puedes llorar en navidad!- se sorprendió el ratón.
Ignacio sollozó:
-¡Pero es que yo tengo razones para llorar! ¿Nunca has oido hablar de mi? Todos me llaman "Ignacio el egoista ¡ No tengo amigos! ¡ Nadie me viene a ver y nadie me quiere! ¡ bua, bua!
Lloriqueó mucho.
-¡Taratatá!- añadió el pequeño ratón- En vez de lamentarte, trae todo lo que poseas. Ya verás como los otros vendrán a ti.
¡Frrt, frrt! el ratoncito corrió a toda prisa sobre la nieve:
-Perdóname, tengo prisa. Mi mujer y mis hijos me esperan para decorar el árbol de navidad.
Ignacio el Conejo se metió en su cocina. Después se puso su chaqueta de seda y su pantalón, plantó un abeto a la entrada de la madriguera, colgó hermosos cuadros y escribió sobre una pancarta:
" QUEREIS PASAR LA NAVIDAD CONMIGO? ESTOY PREPARANDO UNA GRAN CENA"
Ignacio el Conejo no tuvo que esperar mucho tiempo.
¡Floc, floc! Una hormiga pasaba por allí arrastrando sus botas llenas de nieve. Vio la pancarta, se puso sus gafas y leyó el mensaje; no daba crédito a sus ojos.
- ¡ Buenos días, señor Conejo! ¿ Es verdad que puedo entrar? hace mucho frio afuera y estoy sola por navidad.
-¡Pues entra, entra!- dijo Ignacio muy contento.
La hormiga se secó sus pequeñas botas al lado del fuego.
Unos instantes después, una ratita pasó por allí. Vio la pancarta, se puso sus gafas y leyó el mensaje; no daba crédito a sus ojos.
-Buenas noches, señor conejo. ¿ Es verdad que puedo entrar? Hace mucho frio afuera y estoy sola por navidad.
-¡Pues entra, entra!- exclamó Ignacio muy contento.
La ratita puso a secar su bonito gorro de encaje sobre una silla. al lado del fuego.
La tempestad se levanto... Los copos de nieve volaban como trozos de algodón. El viento de invierno aullaba ¡ uhh, uhh!
-No se ve a un metro de distancia. Seguro que no vendrá nadie más- dijo Ignacio el Conejo, cerrando las puertas de su madriguera.
Justo en ese momento, ¡Toc,toc!, un pobre cuervo cubierto de nieve de las patas a los ojos llamó a la puerta. Se sentó al lado del fuego y puso su abrigo a secar, justo al lado de la hormiga y el gorro de la ratita.
Ignacio el Conejo silbaba en su cocina.
-¡A la mesa!- anunció.
Comieron de buena gana. Ignacio el Conejo encendió su vieja radio y bailaron hasta la medianoche.
Ignacio distribuyó sus regalos. Ofreció unos zapatos de charol a la hormiga, un pañuelo gris a la ratita y una armónica al cuervo.
Los amigos estaban contentos.
-¡Ayer todavía me llamaban Ignacio el egoísta y me lo merecía- murmuró el conejo.
-De ahora en adelante, todos te llamarán Ignacio el amable. ¡Y tendrás muchos amigos, ya verás!- respondió la hormiga.
A partir de ese día, Ignacio el Conejo tuvo muchos y muy buenos amigos.